No sé que te ha pasado, ni porqué de golpe nos llegó un abismo que nos separaba. Ni si quiera fui consciente de que poco a poco la brecha se abría para separarnos más y más. Siempre fuiste tú quien todo lo comprendía, y yo quién intentaba comprender.
No sé porqué un día, buscando tus manos no encontré nada; o buscando tus palabras ya sólo escuché el atronador sonido del silencio. Impasible, golpeando cada fibra de mi ser, el abismo se abría más y más.
No sé a dónde se marcharon las tardes de sabor a café y azúcar moreno, ni dónde se esconden las manos que siempre me acunaban cuando se quebraba la voz; no sé dónde quedaron las palabras que decían que había que seguir, pese a todo, porque al fín y al cabo, no hay más camino que el que se anda. En algún lado estarán los paseos por Madrid, las noches en vela, las palabras que nadie más puede oír... los ratos de silencio, las puestas de sol, amaneceres y estrellas, magia y sencillez.
En alguna cajita estarán tus recuerdos, amontonados, esperando para ser removidos de nuevo. En algún rincón habrá regalos y sonrisas de las de antes, que yo siempre guardaba para cuando no quedaran más, porque al final, siempre llega el final.
Las calles se tornan pasillos aislados, caminos de nadie, de este mundo raro y extraño sin tí. Silencios rotos sin tu risa de cristal, han esparcido sus pedazos por las frías tardes que dejas a un lado.
Los días se escurren, despacio a veces, a veces deprisa, sin tener a quién contarle esas cosas que yo sólo te contaba a tí.
La guitarra, se apoya en un rincón, serena, callada, porque al escribir versos no me dices: Ponles música. Y, torpemente, acababa siempre poniendo música a esas frases suicidadas al borde un papel manchado de café y calles, de gargantas quebradas, de salidas al campo, de viajes y más viajes.
Y tantos silencios, tanta distancia, tanto ir y venir en la vida, nos han llevado a caminos tan irreconciliables, que a veces, cambiaría miles de cosas por volver a aquellos momentos en que ante una taza de café aguado, por la mañana, mientras el sol se colaba por las ventanas de una casa jerezana, madrileña o benamahometana, con el pelo enrredado aún en el sueño, y la voz ronca de cantar, nos mirabamos sonriendo y la vida se detenía para cobrar sentido una vez más.
No sé porqué un día te marchaste, y yo me quedé esperando a que decidieras volver. Que mi casa siempre fue tuya. Que si no te lo digo, ya lo sabes. Que...
¿Dónde estás?