Hablame de tí, dijo entonces. Quizás sin palabras [o con otras palabras que ahora no puedo recordar]
Pero yo no pude explicarle que escribía versos vacíos, que se suicidaban en el papel discontinuo de mi voz quebrada. Ni que no había más que un silencio atronador en mis palabras, que carecían de eco y sentido para quienes las oyeran sin escucharlas.
Pero yo no pude explicarle que me gustaban las tormentas, el olor de la tierra mojada, las tardes de sol en otoño cuando todo parece recubierto de oro, el movimiento del viento, que no su sonido, que se me antojaba aterrador en las rendijas abiertas de las ventanas y puertas; gemido lastimero de almas en pena arrastradas en el aire.
Pero yo no pude explicarle que no sabía reír por las mañanas cuando la maraña de mi mente iguala a la de mi pelo al despertar.
Pero yo no pude explicarle que hay una sonoridad cálida a la vez que fría, lejana y cercana, donde mi nombre me separaba de la vida que se siente y se toca con las manos.
Pero yo no pude explicarle los secretos susurrados al inconsciente.
Y se quedó sin respuestas.
