Entonces, mientras caminaba por la calle, en mi mundo paralelo, escuché un sonido fuerte, potente. Y yo, pensé que era algo que no era. Seguí caminando y entonces oí una voz lastimera que decía palabras que hieren en el lado del corazón. Y yo, no pude pensar.
La voz me taladraba el alma, como si fuera una voz propia. Cogí el teléfono y marqué el 112. Eran las 14: 07.
Diez minutos después llegó el silencio, J llegó a casa y le conté todo y justo después de nuevo, esa voz. Escuchaba atenta, con miedo y angustia. El sonido se hizo ensordecedor. Alguien pasó por la calle y gritaban hemos llamado a la policia, cabrón, para ya, y oí como desde casa, J también gritaba, impotente: te estoy oyendo hijo de puta, para ya. Y las lágrimas ya me caían por la cara, y me ahogaba de rabia. Volví a marcar 112, habían pasado 14 minutos. La voz al otro lado me interrogaba, con preguntas estúpidas, y mi voz casi no podía responder, se entrecortaba mientras intentaba explicarle lo que se oía por toda la calle. ¿Tan dificil de entender? Yo no puedo responder más, por dios. ¿Dónde está la policia? Las ventanas se abrieron, se asomaron curiosos a ellas, pero , ¿dónde está la policia?
Tres minutos después, cogí las llaves, y olvidando el calor, corrí como si me persiguiera el mismo diablo hasta la comisaria más cercana. Entré y me miraron. Respira, dijeron. Pero mis palabras ya se atropellaban una tras otra más rápido que mi cabeza pensaba. Él me miró. Me preguntó donde era. Yo volví a repetir la misma historia por cuarta vez en 30 minutos. Me dijeron Acaba de llegar el aviso del 112.
De vuelta a casa, me senté en una silla. No sabía si era peor, el silencio atronador que llenaba la calle, o el ruido de antes. Pasó mucho rato y J y yo bajamos a la calle, para dejar los datos. Yo pregunté, ¿él se queda ahí? El policia me dijo: No, va detenido. Yo dije, ¿Ella está bien? Me contestó que sí, pero que no quería denunciarlo.
Interiormente me cagué en la puta madre del miedo. Me cagué en la puta madre, de aquel a quien la voz le gritaba desde el otro lado de la calle cabrón, sueltame, me haces daño, no me pegues hacía solo un rato. Interiormente, escupí y solté injurias contra ese que esta tarde, a las dos de la tarde, pegaba a una mujer, en el edifico de enfrente durente media hora.
Entonces el cabrón salió y sabe dios que le hubiera abierto la cabeza contra un bordillo de no estar allí la policia.
Cierro los ojos y oigo su voz gritando, cierro los ojos y pienso si necesitará algo. Cierro los ojos y aprieto los puños, porque no tiene valor para denunciar algo que ha escuchado toda la calle.
Y ahora, cuando ha caído la noche, mientras miro por el balcón la casa con las luces apagadas, pienso y me lleno de rabia contenida.