Escribo. Sólo son palabras que se lleva el tiempo. A veces me pregunto porque las personas escribimos. Algunas lo hacen porque les gusta, sencillamente; otras lo hacen porque tienen mucho que comunicar; otras por trabajo o costumbre. Algunas, como yo, por necesidad.
Algunos días, me levanto con la terrible necesidad de llanar mis caminos de letras. Relatos sueltos, susurros al aire, inicios y finales. Cuando me despierto, esos días, mi mente no deja de hacer runrun y entonces necesito sentarme, al papel y al bolígrafo, al teclado o a la libreta pequeña que va en mi bolso, y volcarlo todo. Como una planta que germina y empuja la tierra, el relato me empuja a sacarlo fuera.
Las tardes de silencio me llenan de ruidos. A veces, cuando estoy sola mi mente empieza a dibujar, en forma de palabras, lo que llevo por dentro y escribo. No puedo olvidar aquellas tardes de otoño, cuando sólo seis años cargaban sobre mí el peso de la existencia. Y la gente decía: de mayor quiero ser maestra, de mayor quiero ser policia, de mayor quiero ser bombero. Y yo decía: de mayor quiero ser escritora.
He autoeditado un libro, el Colegio de España ha publicado uno de mis relatos en sus Cuadernos del Lazarillo, gané muchos premios de pequeña, en el colegio y el instituto. Escribí cada vez que la soledad llenaba el rincón de mi cuarto en la residencia de Salamanca. Llené hojas y hojas, que luego perdí. Escribí dos novelas que accidentalmente, acabaron en un vertedero de una ciudad con nombre de vino.
Ya soy mayor, y no soy escritora. Soy muchas cosas, mejores y peores, un cúmulo de emociones, de sentimientos y palabras. Un añadido diario de cosas que pasan, que hago o que digo.
Sale el sol y se pone, cada día por el mismo lugar; mientras yo sigo el ritmo de la vida que no quise tener cuando era niña.
Tienes que dejarte llevar. Es la parte importante del juego.
Pero algunas mañanas, cuando me levanto, sólo pienso en escribir. Y entonces, soy escritora.
