Noche Jerezana

Se puso de puntillas porque quería tocar el cielo con las puntas de los dedos. Solo quería bajarse la luna a la cama, para que su luz y calor la velara cuando no podía dormir. 

Y, descalza, de puntillas miraba la calle adormecida que fue el ricón de su infancia, donde aprendió a caminar y se cayó de la bicicleta que Melchor, Gaspar y Baltasar dejaron bajo una pila de libros; donde rió y lloró a veces de alegría, a veces de tristeza; donde las calles se asombraban del olor del azahar y el vino que se escapaba de las bodegas; donde de niña, jugaba con otras personas que un día crecieron y se marcharon; donde cada calle le parecía tan íntima y familiar como el pasillo de su casa; donde corrió, jugó al elastico y pasó miedo una noche de verano jugando al escondite.

Miraba las calles que un día la vieron crecer y cambiar, sin darse cuenta ella misma. Donde los zapatos pasaron de un 12 a un 41, sin ver como crecía. Donde la besaron y besó. Donde los rincones se llenan de recuerdos.

Vió como las cosas eran iguales y tan distintas, que apenas podía reconocer los paisajes de su infancia, su adolescencia, aunque eran tan iguales... a ella le parecían tan distintos. Hasta los bancos, las fuentes, las noches habían cambiado.

El olor de la azucarera era otro, o era el mismo, pero ella había cambiando... y mientras sus pensamientos se enredaban con miles de recuerdos que bajaban la calle Medina, cruzaban el patio del Colegio San José, paseaban por la calle Larga, llegaban a la Plaza Estevez, corrian con el aire en la Alameda del Banco, siempre rápidos, la muralla, volvían por Santiago, besaban la Porvera, el Arenal, la calle de los Bomberos, el  cine olvidado del Astoria y volaba sobre el Retiro, el Parque Atlántico, Ciudasol, la calle Fresa, las Delicias, Caballero Bonald, Pescadería Vieja, Divina Pastora, la plaza del Caballo,  la Asunción, y la plaza Plateros que se llenaba de noches de antes, el parque de la Unión, paseos por el Poligono y risas en el Hontoria, y las noches de Comedia. La mente volaba y la dejaba sola, de puntillas, descalza, sin sentir más que ese aire que la llevaba por la oscura noche jerezana. No vió que tenía las llaves en la mano, pensando si salir a dar una vuelta, ahora que todo dormía y quizás, solo quizás, se mantenía como antes.

Una voz le preguntó, ¿Dónde vas?

Y respondió que no iba a ningún lado, que se quedaba en el balcón, donde podía tener los sueños que quisiera y donde nada había cambiado. Al fin y al cabo, decía, los sueños caben en cualquier rinconcito.

 


Autor: mara     Publicado el 12-07-2010


Comentarios

Comentario de Isïl Tue, 13 Jul 2010 09:41:08 +0200


Y vaya si caben... acabo de viajar además de a Jerez, a los tres sitios a los que pertenezco a través de esa misma ventana, al mismo tiempo que relatabas tus lugares. Gracias por este fugaz viaje a Jerez y al interior de mí misma >:)




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